Luis Allegro
Hace unos años fui invitado a una reunión científica destinada a tratar los nuevos enfoques en la patología de los enfermos psicóticos. Me habían elegido para ser el expositor central de la reunión.
El coordinador, un colega muy prestigioso, cumplió su función muy hábilmente planteando los interrogantes más actuales de dicha patología: los motivos que incidían en su aparición, la importancia de los factores genéticos, la influencia del ambiente, la familia, los primeros años de vida, y por último se había entrado a considerar la psicosis como un producto de la sociedad. Al abordar qué rol jugaban tanto el asilo como el hospital psiquiátrico en este sentido, la cuestión se había centrado en el interrogante de si la alienación no estaría provocada por el medio hospitalario: el hospital actuando como factor alienante. Cuando fui interrogado sobre mi opinión al respecto respondí recordando un caso clínico de mi experiencia.
Puchito.
Cuando lo conocí yo era médico interno del Hospital Psiquiátrico de Rosario al comienzo de mi carrera. Era todo un personaje. Lo recuerdo de mediana edad, muy bajo, excesivamente minúsculo. A diferencia de los demás pacientes, él estaba vestido con saco, pantalón, camisa, un pañuelo en el cuello y una gorra que cubría, inclinada sobre su cabeza, hasta casi la mitad de su cara. Un resto de cigarro, que tenía permanentemente en la comisura de sus labios, había motivado que lo llamáramos familiarmente, "Puchito". Era de origen catalán, y esta condición le sirvió para conquistar la simpatía y el afecto del viejo director del nosocomio, quien a la sazón, era también catalán. Según suponíamos todos, lo “había instalado en el hospital de por vida”.
Puchito era un internado que gozaba de grandes privilegios. Podía ir y venir por todas partes sin limitaciones: era la época en que los pabellones del hospital estaban rodeados de alambrados para mantener reclusos a los pacientes. Puchito podía salir del hospital con toda libertad. Tanto los enfermeros como el portero sabían que gozaba de estos privilegios dada la confianza que había logrado en todo el personal y especialmente en el director.
Era muy útil porque hacia mandados con una gran eficacia. Iba a hacer las compras a la farmacia, a la despensa vecina, llevaba libros, notas y expedientes a la Dirección o realizaba depósitos bancarios con un nivel de excelencia. Cuando una indisposición le impedía cumplir estas funciones, se notaba su ausencia y se lo extrañaba.
Tenía una rara habilidad para cultivar la tierra: cosa que sembraba, era cosa que germinaba y cosa que plantaba, era cosa que crecía. Por esto el director había destinado un terreno del fondo para que Puchito cultivara la huerta del hospital. De allí salían las mejores ensaladas, los repollos más exuberantes, las zanahorias más carnosas y los tomates más jugosos que se conocieron en aquella pequeña comunidad.
El colmo superó todas las expectativas cuando consiguió semillas de tabaco que un amigo le había traído de Corrientes. Las sembró y germinaron espléndidamente. Así consiguió tener su propia plantación y elaborar sus propios cigarros. Esto vino a constituirle un motivo importante de orgullo: ¡convidar a sus amigos con un cigarro de su propia cosecha! Para él era un verdadero diploma de honor el pucho que mantenía permanentemente en la comisura de sus labios. Lo mostraba así como los veteranos de guerra muestran las medallas ganadas en sus hazañas militares. (Aunque probar el aroma de esos cigarros era insoportable!)
La vida de Puchito habría transcurrido así, plácidamente hasta el final de sus días, si no hubiera muerto el viejo director catalán. Pero un día esto sucedió y apareció un nuevo director que había sido nombrado gracias a sus influencias políticas (como pasa siempre). Y ocurrió, como es habitual cuando un nuevo director se hace cargo de una institución como esa, que los compromisos políticos adquiridos por dicho nombramiento, se tornan deudas a pagar con favores que son ineludibles. El político hace un favor pero después pasa la factura y lo cobra con otro favor. ¡Y éste, estaba abrumado por esos compromisos!
En esta situación el nuevo director del hospital necesitaba camas libres para satisfacer las internaciones de favor que su padrino político le exigía. Las internaciones en un hospital psiquiátrico del Estado son siempre muy codiciadas, dado el elevado costo de mantenimiento que estos enfermos ocasionan. Por lo tanto una cama disponible era muy buscada y concentraba la mirada de muchos ojos. Encontrar una, era un verdadero trofeo en ese coto de caza "cuasi privado" del director.
Cuando la atención recayó en Puchito, surgió una exclamación de sorpresa al verlo tan lleno de salud: “¡Oh! ¿Y Puchito? ¿Es un enfermo o se hace pasar por enfermo?”
Inmediatamente aparecieron en la mente del nuevo director una serie de argumentos: “que el hospital psiquiátrico no es una pensión para refugiados; que había habido negligencia en la administración anterior; que dicho paciente era un protegido del exdirector en virtud de ser ambos catalanes, y que en última instancia el hospital no estaba para hacer favores sino para curar enfermos.” Todos estos pensamientos surgieron por la aparente buena salud mental de Puchito, dado su excelente desempeño.
En Psiquiatría existe el término "hospitalismo" que se refiere a la adaptación de los pacientes al medio hospitalario. Puchito fue ubicado dentro de este diagnóstico. Y así el nuevo director formuló la teoría de que era necesario combatir dicho hospitalismo. Para el director era muy importante formular teorías que justificaran las decisiones médicas; de este modo las medidas se tomaban por razones científicas bien fundadas y no por simple conveniencia personal: la teoría decía que “el hospitalismo se convierte en un estado crónico que hay que evitar”. Por lo tanto Puchito debía ser restituido a su medio familiar.
Así se determinó la externación del paciente. Se informó a los familiares y se les requirió que vinieran a buscarlo el próximo fin de semana, caso contrario el paciente iba a ser remitido por la fuerza pública.
Los familiares de Puchito se resistieron al comienzo pero terminaron aceptando y el translado se efectuó. La ausencia de Puchito se notó inmediatamente. ¡Era tan servicial!
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Los fines de semana cumplen una función muy particular. Hay toda una patología que se desarrolla en el lapso que va desde las últimas horas del viernes hasta las primeras horas del lunes. En el campo psíquico esta patología adquiere una mayor relevancia. Son muy conocidas las cefaleas de los domingos y las depresiones, muchas de las cuales están escamoteadas por los mecanismos de compensación, como la euforia de la noche de los sábados con fiestas, comidas y despliegues de la sexualidad. ¡Cuántos hijos se engendran la noche de los sábados! Pero en suma, el grupo familiar se dinamiza en forma muy peculiar y se exacerban funcionamientos propios de la psicopatología.
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Pasó ese fin de semana y transcurrió la siguiente sin tener noticias. Cuando llegó el viernes, la estridencia de una ambulancia invadió la quietud del hospital y nos sorprendimos todos. Lo traían a Puchito con un cuadro de excitación de tanta intensidad que se necesitaron cuatro fornidos policías para sujetarlo. ¡La familia lo había enloquecido nuevamente, como había ocurrido al comienzo de su enfermedad!
El nuevo director no había integrado aún, en aquel momento, dentro de sus teorías, el conocimiento de que el grupo familiar está íntimamente relacionado con la génesis de la enfermedad mental. En la dinámica familiar funcionan entre otros, ciertos mecanismos de segregación y de expulsión que actuando sobre el enfermo acentúan su patología y logran su segregación y su expulsión del medio familiar. Hoy, un abordaje moderno de estos padecimientos, impone tanto el tratamiento del paciente como del grupo familiar al que pertenece.
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En el final de aquella reunión científica quedó el interrogante: ¿la psicosis está determinada por el “adentro” o el “afuera” del hospital psiquiátrico?
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